Una voz nacida
en el habla de Auvernia.
Todo empezó a los cinco años. Mi abuela me enseñaba canciones en el habla tradicional de Auvernia. Yo era un niño bastante tímido, pero cuando se las cantaba a mi maestra y veía cómo se le iluminaban los ojos, comprendí lo que podía transmitir una voz.
El canto siguió acompañándome. Estudié en una escuela de negocios para darle una alegría a mi padre, y todos los fines de semana cantaba en bares y cabarés. Después trabajé como responsable de producto en cosmética. Pero necesitaba libertad, lejos de las jerarquías y los procedimientos.
En 2009, mi empresa despidió a gente de un día para otro, después de haber prometido lo contrario. Algo se rompió. Pasé el año buscando mi camino, hasta que encontré una formación de locución online. Ahí hizo clic. Quince días después de apuntarme, ya lo tenía decidido: lo dejaba todo. Mi empresa me pagó una evaluación de mis competencias profesionales, y el orientador me dijo: «Tienes 28 años. Lánzate, tendrás tiempo de sobra para volver a la empresa si sale mal». Nunca volví.
Empecé en septiembre de 2010 y mi primer encargo llegó el primer día: un spot que requería interpretar, precisamente lo que aún tenía que aprender. Tardé casi una hora en entregarlo. Al recibirlo, el cliente me preguntó: «¿Seguro que eres actor?».
En aquel momento, yo también tenía mis dudas. Así que decidí aprender a interpretar, de verdad. Porque había algo que tenía muy claro: aquel oficio era para mí. Trabajé, trabajé y trabajé.
Y empezó a funcionar, más rápido de lo que esperaba. Lo suficiente para cumplir un viejo sueño de estudiante: en 2014, como mi estudio ya cabía en un ordenador, me instalé en Madrid. Pero el verdadero lujo era otro. En la empresa siempre necesitaba algo nuevo: tres o cuatro puestos en siete años. La locución se renueva continuamente y me sigue apasionando igual. Si volviera a empezar, haría exactamente lo mismo. Pienso que acerté.


Registro medio, timbre claro,
fácil de mezclar.
Mi voz suena de forma natural a un adulto joven, de 25 a 40 años, y se sitúa en un registro medio, más que grave. Se integra fácilmente en la mezcla y mantiene la claridad incluso sobre una música con muchos graves. Por eso funciona tanto en publicidad como en narración.
Conocer a Jean-Laurent Cochet cambió mi manera de interpretar. En sus clases trabajábamos las Fables de La Fontaine diciéndolas como hablaríamos en la vida real. Desde entonces, busco poner lo máximo de mí, toda la verdad posible, sin los artificios de la locución.